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“¡Mamá, está todo pintado de Newell's!”. Eran casi las 9 y Victoria no lo
podía creer. La nena salía para el Jardín de Infantes y se encontró con el
amplio paredón de enfrente de su casa, las columnas y los cordones todos
en rojinegro, los colores preferidos de su almita leprosa.
Antes, centenares de autos, colectivos y peatones se habían alegrado la
mañana al advertir el nuevo muro engalanado con los colores de La Lepra.
Es que los que tenemos el corazón partido en dos mitades –una roja, otra
negra–, cada vez que vemos una pared pintada con nuestra pasión,
sentimos que nuestra amada ciudad se tiñe de los colores más hermosos.
Ahora, ¿qué hay detrás de una pintada? Está la noche y sus enigmas.
El coraje de unos pibes que salen sólo con sus tachos y pinceles, sin los uniformados que suelen custodiar a los que ensucian de tristes tonos el
bulevar avellaneda. Son esos pibes que juntan el pesito escatimado a la
birra y dibujan en la piel de la ciudad las letras más amadas “N”, “O”, “B”.
Y la salpican de bellos calificativos: “mi pasión”, “mi vida loca”, “mi amor”.
Y le prometen “seguirte a todas partes”, “alentarte, vayas último o primero”, “nunca abandonar, nunca”, “dejar la vida en la tribuna”.
Y pasan la noche entera, de guapos nomás, sin guardianes, pintando y
pintando, para que tantas Victorias amanezcan con una sonrisa dibujada
y puedan decir: “Está todo pintado de Newell's, mamá”.
Son nuestros pibes más queridos, tienen tanto coraje como el Colorado Re,
como el Tanito Vella. Tanta generosidad como Maidana y el Pepi Zapata.
Tanta nobleza como Justo Villar y Belluschi.
Y no aflojan nunca. A pesar del poder municipal, de los uniformes, de los
cobardes llamados anónimos que los denuncian y de algunas noches a la
sombra.
¡Vamos los pibes que pintan! A seguir tatuándole la piel a esta ciudad que
nos pertenece, porque la hicimos popular en todo el planeta nada más que
con dos colores: el rojo y el negro. Los que vistió ese dios de Fiorito llamado Diego. |