La historia vive
Julio de 2003. Santiago Sordello y Pachano de la Filial Córdoba nos conducen a la casa de calle Málaga al 1700. Cuando Walter Newell padre –hermano del fallecido Claudio– abre la puerta, ingresamos a la historia viva.
Walter y Claudio nacieron en Rosario en la casona de Córdoba al 4000 y crecieron junto al abuelo Claudio Lorenzo Newell fundador del club. De pibes sufrieron un duro golpe con la muerte del padre y en la década del 40 se radicaron en la ciudad de Córdoba. La distancia no fue obstáculo para que mantuvieran intacto su amor por la rojinegra, que transmitieron a sus herederos.
"La figura de mi abuelo Claudio Lorenzo era imponente. Era una persona muy reconocida y respetada”, dice Walter y va desgranando anécdotas de ese hombre por el que profesa una gran admiración. Así, vuelve a su infancia en los 40, estrechamente ligada a los colores rojinegros. "Era muy chico. Estaba remontando un barrilete con los colores de Newell’s en la plaza Echesortu (de Avellaneda y Córdoba) y vinieron dos o tres muchachos más grandes, que me lo quisieron romper, porque eran de Central, cuando apareció un señor que les dijo: «Tomenselá de acá, si no los agarro yo». Los muchachos se fueron y yo le pregunté a esa persona cómo se llamaba y me respondió: «René Pontoni, jugador de Newell’s»". Siguen las anécdotas. "Era joven y estaba con unas amigas y las invité a conocer el club. Cuando quise entrar, el portero me pidió el carnet. Yo no lo tenía conmigo, por lo que le dije que me llamaba Newell y le mostré mi documento. El hombre leyó y, al ver mi apellido sin el me dijo: «Vamos a quién quiere engañar, así no se escribe Ñuls»".
Suena el timbre. Llega Waltito, nacido en el 69, uno de los hijos de Walter. Entra como un torbellino, habla del presente del club como si viviera a dos cuadras del Coloso, leyera todos los días los diarios rosarinos y escuchara las tiras deportivas radiales. A la hora de presentarse, dice:
"Yo soy Newell. Imaginate si vos lo amás, yo lo llevo en la sangre. Mi sangre es Newell". Esa presentación exime de mayores comentarios, aunque no sorprende demasiado. Tiempo atrás, Luis Boselli había contado: “Ese pibe vino un día a la cancha y lo quisimos llevar al palco oficial. Imaginate, era un descendiente del fundador. Pero él nos dijo: «No, me voy a la popular. ¿Vos sabés lo que es que miles de tipos estén coreando mi apellido»”.
Tras el saludo de Waltito, llegan sus primas Nora y Elsa (alias la “Payi”), hijas del fallecido Claudio, acompañadas de su familia. Hay una ronda de café y los Newell, ajenos al grabador y tratando a los visitantes como parte de su familia, siguen desgranando las anécdotas. La mayoría de ellas rondan el mismo tema: el impacto que causa en la gente cuando ellos mencionan su apellido.
Waltito cuenta: "Estaba en Carlos Paz viendo un espectáculo de un payaso y mi hija le dice a un señor: «Yo me llamó Sofía Newell». El hombre le pregunta, dónde está su padre y cuando ella lo lleva conmigo, el tipo me entra abrazar y me pide un autógrafo. Yo jamás había firmado un autógrafo en mi vida".
Nora, dice que en la puerta de su oficina de los tribunales cordobeses hay una placa que la identifica. "Una vez, golpea una persona y pregunta por mi apellido. Le explico que soy descendiente de Isaac y el hombre me abraza y empieza a sacar cosas de sus bolsillos: llaveros rojinegros, fotos de su mujer y su hija con la camiseta. No paraba".
Payi y Elsa recordarán una anécdota de su padre Claudio en Bariloche, quien al registrarse en un hotel pronunció su apellido y un grupo de jóvenes –seguramente de viaje de estudios– lo abrazó y se puso a cantar a su alrededor.
Y Waltito habla de una historia con el Tata Martino. "Yo era un pibe. Muy chico. Newell’s jugaba con Talleres en el Chateau Carreras y fui a esperar a los jugadores. Por ahí, lo veo a Martino y le digo: «Tata, regalame la camiseta» y el tipo me miraba extrañado, preguntándose quién era ese pibe que le mangueaba la camiseta, y yo insistía. Lo tironeaba y le gritaba: «Yo soy Newell, Tata; yo soy Newell». Tiempo después tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, le conté lo que había pasado ese día y, ahí nomás, me regaló su camiseta".
Los Newell también están ávidos de noticias sobre el club, que escuchan con entusiasmo. Se muestran expectantes por la llegada del centenario de la fundación. "Creo que mi abuelo jamás imaginó eso", sentencia Walter, un tanto asombrado por la forma en que se multiplica la pasión por el rojinegro.
Después, desplegarán recortes de diarios y fotos de la familia.
“Este es Gastón, mi hijo más chico”, dice Waltito exhibiendo la foto de un pibe con la camiseta rojinegra. “Cuando nació él me quedé tranquilo. «Ya está. Siguen los Newell», pensé”.
Siguen.
Son eternos como el club que fundaron sus mayores.
No los doblegan ni los años ni las distancias.
Y tienen miles de hermanos por todas partes del mundo.