El AleEl 7 de setiembre de 1980, casi una hora después de que el paraguayo Hugo Talavera la empujo hacia el gol, José llegó a su casa eufórico. Tal vez, en ese momento –entre la voz de la radio que repetía aquel en el clásico– habrá acariciado el vientre de su mujer. Ahora, ¿habrá pensado que el pibe que esperaban viviría una época única? ¿Que iba a pasar su la tierna infancia, la adolescencia y muchos más también sin beber del trago amargo de la derrota? ¿Qué el Parque de la
Independencia –rodeado de árboles, creciendo en cemento– iba a ser una fortaleza inexpugnable defendida desde la cancha y la tribuna?
Tal vez, lo pensó. Tal vez, no. Pero lo cierto fue que ese pibe, llamado Ale, le salió tan leproso, que ya, bien de chiquito, sorprendía a sus maestras del jardín Monigote, de 27 de febrero e Italia.
“Se mataban de la risa. Yo pintaba los muñequitos todo de rojinegro”, recuerda el Ale (1980), alias El Enano. Y esos dibujos le salieron con más alegría 23 de abril de 1984 . Un día antes, Newell's había derrotado 2 a 1 a su tradicional adversario, con goles de Santillán y del Galgo Dezzotti.
“Ahora, del primer clásico que me acuerdo bien es de aquel que ganamos con gol de Dezzotti el año que salimos campeones. Yo tenía siete años y estaba en la platea que daba al Hipódromo. Volvimos al barrio en varios autos tocando bocina. Esa noche no dejamos dormir a nadie”, dice El
Enano, que ese año dio su primera vuelta olímpica y supo lo que había sentido su viejo en el 74.
Lo único que lamentó fue que el clásico se jugó un 12 de febrero y no pudo compartirlo con la inmensa barra de leprositos que iban a su escuela, la Juana Manso. “Gracias a Dios la mayoría éramos de Ñuls”, apunta.
Y así pasaban los años. Ya iban ocho de vida y sin conocer qué es eso de perder un clásico en tu cancha. “En el 91, los vi irse cuando íbamos 3 a 0. Se perdieron el cuarto gol de Garfagnoli . Estaba en la platea de la visera y vi perfecto como vaciaban la popular. Siempre con mi
viejo, mi hermano y todo el grupo del baby de Ñuls”. En esa época, el Ale ya estaba jugando en el campo de deportes “Malvinas Argentinas”, tenía su carnet de jugador y en la cancha repartía una revista del rojinegro.
Un año después, el Ale tenía 11 años. “Me acuerdo que, cuando Rossi va a patear el corner, me agaché en la platea. Lo hice por cábala y también me dio resultado en el partido en Colombia. Estábamos viendo la televisión, también me agaché y le dije a mi hermano: “Gol de
Pochettino de cabeza”. Y fue así”. Ya se sabe, Domizi metió el cabeza y alegró a miles de corazones rojinegros, entre ellos, el de ese pibe que ya jugaba “en la cancha de once de (el complejo polideportivo de) Bella Vista”. Las clases no habían empezado, pero el recuerdo de ese clásico duró lo suficiente como para comentarlo y festejarlo con sus compañeros
de la Juana Manso. Todos ellos ya querían ir a la popular.
Los clásicos del 94 y del 95, los vivió de atrás del arco que da al Palomar.
El Enano ya iba a la escuela Zona Parque. “Allí, la diferencia era abrumadora. Éramos 14, 15 contra dos de ellos”, dice. Tiempos de cumpleaños de 15, la misma cantidad de años que habían pasado desde la última derrota.
“Después vino el clásico de las bombas. El 2 a 0 en Arroyito, pero jugando de local. Yo estaba en la popular de abajo. Llevamos una bandera de más de cinco metros que decía “Un gran remedio para
un gran mal”.
Ese trapo fue a todos lados, hasta que cuestiones de tamaño no la dejaron entrar más ”.
Por esa época, el Enano tenía una barrita que viajaba a Buenos Aires, Córdoba, Salta. En el 97, Newell's retorna al Coloso –luego de un tiempo en que la cancha estuvo en construcción- y sigue manteniendo su racha invicta en los clásicos.
“Me acuerdo del clásico del 98, que a los jugadores de ellos les agarró colitis , que era el último clásico de Palma y no lo pudo jugar.
Los recibimos en el Parque con rollos de papel higiénico colgados de los árboles”. Poco después, llegaría el viaje de estudios y la mayoría de edad. Dieciocho años y el Enano –y miles de pibes de su generación- seguía invicto.
El 7 de marzo 1999. Ñuls gana 4 a 1 en el Parque. Dos goles de Real, uno de Crosa (el primero) y uno de Saldaña. El Parque era una caldera.
“Después del partido. Nos fuimos de caravana hasta la madrugada. Yo tenía un (Peugeot) 404 y llevaba como a once monos. Se engancharon un par de autos, teníamos bombos. Fue una fiesta. Caravaneamos por todos lados y después volvimos al barrio”. El tiempo seguía pasando.
Pensar que todo empezó cuando el daba patadas en la panza de su madre y ahora tenía registro de conductor.
Ese mismo año, el 22 de agosto de 1999, se volvió loco cuando el Gordo Real metió el empate de cabeza. “Me acuerdo que el Gordo le sacó la lengua. Eso fue especial”, dice sobre aquel partido en que Bernardi, Paris y compañía se cargaron el equipo al hombro. Terminaba el siglo y
Ale recordaba una canción que solía entonar su abuelo Pancho, ya fallecido. “Era de Gardel, no sé cómo se llamaba, pero en una parte decía: “... que 20 años no es nada”.
En el 2001, el Ale ya tenía todos los derechos civiles de un pibe de 21.
Además, acreditaba una racha invita en el Parque de la misma cantidad de años.
Fueron 22 en total.
-¿Pensás que te puede pasar a vos, estar 22 años sin ganar de visitante?
-Eso es imposible. Nosotros tenemos aguante.
Tomado textualmente del libro: "De Newell, Historias de fútbol, pasión y locura"