¿Lo habrá soñado Isaac cuando salió de Inglaterra?
¿Habrá imaginado que su apellido iba a convertirse en la palabra más querida de esa ciudad convulsionada, que era Rosario en 1869, cuándo desembarcó con sólo 16 años? Que su apellido se iba a gritar a voz en cuello todos los domingos, que se iba a tatuar en las paredes y en las pieles.
Que iba a flamear en mil banderas en todas las canchas de la Argentina.
¿Tendría certeza de sus pasos el joven Isaac, cuando bajó del muelle del ferrocarril y enfiló por calle Entre Ríos hasta golpear la puerta de Guillermo Wheelwright? Porque, mirá que llegaron miles de inmigrantes cargados de sueños: sueños de riquezas, sueños de amores y de revoluciones.
Pero, lo de Isaac fue mucho más grande. Mucho más. Mucho.
¿Sabría Isaac que iba por el camino indicado, cuando a la noche después de una larga jornada como telegrafista, seguía estudiando en el colegio nocturno? Y que tenía que convertirse en maestro y crear el Colegio Anglo Argentino. Y hacerse querer por los alumnos, entre otras razones, por enseñarles ese deporte naciente llamado fútbol, que trajo al país tras un viaje a su país natal. ¿Sabría acaso que, al regresar y abrir la malete, la primera pelota y el primer reglamento de fútbol fueron más mágicos que cien conejos salidos de una galera?
¿Lo habrá planeado Isaac? Que esa idea de enseñar fútbol en su colegio iba a despertar una centenaria catarata de locura, pasión y felicidad.
Que su apellido nos iba a quitar el sueño o, mejor dicho, nos iba a hacer soñar en rojinegro todos los días de la vida.
¿Lo habrá pensado Isaac? Que su hijo Claudio Lorenzo iba a ser el encargado de encender el fuego sagrado de esa pasión, que nos
hermana en las calles, en las canchas, en cualquier lugar del planeta, donde divisás un tipo con un gorro, una camiseta o una cadenita
rojinegra. Sea en Tokio, Nueva York, Sidney o Ciudad del Cabo.
Que a su apellido le iban a poner las mejores músicas y que iba a resonar en miles de gargantas.
Y que los sabios de atrás del arco –de la tribunita roja, de la popular que da al Palomar, de las dos bandejas del Coloso más nuevo, de todas las canchas de Argentina– iban a tomar su apellido y lo iban a rodear de las palabras sentidas. Que iban a perseguir el elogio hasta lo imposible y siempre se iban a quedar cortos.
Newell's. Newell's querido, Newell's pasión. Newell's sentimiento. Newell's, carajo (con el puño apretado y los ojos encendidos, como gritaba el Loco Bielsa aquella tarde del 90 en Caballito).
Y pasan los años y el sueño de Isaac crece. Y los pibes buscan la letra para explicar ese fenómeno. Empiezan a darle forma treinta, cuarenta, casi como un murmullo, buscando la rima. Y, tras un breve ensayo, se suma toda la bandeja de abajo, y después a la de arriba, y llega a las plateas.
Y el Coloso vibra. Vibra, con el apellido de Isaac, que se renueva en mil canciones y banderas.
Que está en el aire que respira esta ciudad y se te mete en corazón desde la cuna. Y, cuando se te mete en el corazón, te acompaña para toda la vida.
Seguro, seguro que Isaac lo sabía soñado y, ahora, desde el cielo sonríe canchero.
Su sueño cumple 100 años.
Y Rosario está de fiesta. Vamos los pibes, a tatuar la piel a la ciudad, a inventar canciones. Vamos a las madres, a coser banderas y acunar sueños leprosos. Vamos viejos, a sacudir los huesos que rebotaronCopyright -2005 -Todos los derechos reservados - www.soyleproso.com -