La vuelta (ver PPS: En tu cancha y en tu cara)
“Quiero pintar la situación. Estaba contra el alambrado, bien derecho adonde pateó Zanabria, apretujado, había seis, siete filas de personas. Me di cuenta de que entró la pelota cuando se infló la red. Se vino la avalancha. Sentí que me hacían pasar por el tejido.
No tiene comparación con nada (Alberto Sauro)”.
“Fue desgarrador. Yo le he mordido la oreja a hinchas de abrazarlos. A un tipo le dije,: «Aflojá que me estás matando» (Tito Cannavino)”.
“Un hombre que estaba enyesado, me dio un coscorrón que casi me desmaya. Era un loquero (Amelia Montero)”.
“No podía hacer nada ni Biasutto ni el mejor del mundo”, afirma el relato José María Muñoz al concluir su relato del gol.
Lo que sigue es difícil explicar con palabras. “Yo bajé de la tribuna. Empezamos a hacer boquetes por todos lados del tejido (Laurino)”.
“El Gordo Oyola fue el que hizo uno de los agujeros de atrás del arco que daba a Génova (Raúl Zambrano)”.
Y el partido se jugaba con interrupciones, pero con un claro dominador: Newell's.
En el banco de suplentes, Arsenio Julio Pomelo Ribeca se salía de la vaina. “Me dijo: «Poneme que los corro todos»”, cuenta Montes.
El entrenador metió el cambio por el Mono, que se fue de la cancha besándose la camiseta.
Y pese a que Ribeca cumplió con su promesa no fue necesario tanto despliegue, ya que el adversario había bajado los brazos.
“Central se quedó en el fondo, no se movió. Se pedían por favor entre ellos «párense, párense, porque vamos los dos, porque clasificábamos los dos» (Montes)”. “Ellos decían cuidemos el empate. Porque veían que el partido ya estaba dado vuelta y con ese empate salían segundos y podía clasificar para la Libertadores (Zanabria) ”.
“Si el partido sigue, se lo ganamos. Cucurucho Santamaría tenía un tiro libre cerca del arco y Dellacasa terminó el partido (Cannavino)”.
Lo que sigue ya es imposible de traducir a palabras. “Empezó a entrar la gente. A mí me pisaron una zapatilla y me quedé buscándola.
Eran Yabetex y las usaba para jugar al básquet. Entré igual a la cancha y me volví a casa sin la zapatilla (Sauro)”. “De mi lado hicieron un boquete, pero era muy alto, así que me tuvo que alzar un muchacho y meterme en la cancha. Yo corría como loca (Amelia)”.
“De mi familia entramos todos, los cinco hermanos, mi viejo y mi vieja. ¡Con más de 60 años dio la vuelta olímpica! Se trajo pasto de la cancha en una bolsita. Mi mamá era muy especial... (Oscar Laurino, con lágrimas en los ojos)”.
“Ahí entramos todos. Pensar que (el dirigente de Central Osvaldo) Rodenas había desafiado que no íbamos a entrar (Luis)”.
“Llegamos al otro área, a pesar de que estaba la policía. Le dimos la vuelta en cancha de ellos. Es la fiesta que todo hincha de fútbol sueña (Miguel Vital)”.
“Yo estaba subido al alambrado. En esa época era flaquito y estaba agazapado, cuando se distraen los canas, me tiré a la cancha con el Quique, mi compadre. Lo vi al Pomelo Ribeca y me dio la camiseta. Después, con Quique, agarramos las mangueras de regar la cancha,
abrimos la boca y mojamos a todos los que estaban en la platea. Después, dimos la vuelta. En el área de ellos (se refiere al arco que da al Club Regatas) estaba la cana, que nos quiso parar. Pero la vuelta la dimos igual (Raúl Zambrano).”
En ese momento, los gritos eran “Dale, campeón”, “Soy de Newell's”. El Mono, Zanabria y todos los demás se paseaban en andas por el campo de juego. La locura desenfrenada no permitía mayor inspiración. Luego, vendrían canciones inolvidables.
Mientras, el festejo seguía en los vestuarios. “ El vestuario era un río, había champán. Yo era muy amigo de Santamaría y le fui a pedir la camiseta, pero uno me ganó de mano. Lo único que conseguí fueron los pantaloncitos de Tito Rebotaro (Miguel Vital)”. Y la gente, que
había cubierto el campo de juego de Arroyito, ya emprendía el regreso por Avellaneda.
“La salida fue una marea humana rojinegra. Yo fui a buscar, ahí cerquita, la bocina y las garrafas que no me habían dejado pasar los policías y volví por (bulevar) Avellaneda, el cruce Alberdi y Ovidio Lagos tocando como loco (Cannavino)”.
La fiesta ya se había extendido a toda la ciudad. Los bocinazos aturdían en avenida Francia, San Martín –de sur a norte–, Arijón, Junín, avenida Pellegrini. La ciudad se vestía de rojinegro. Todo el pueblo leproso se volcó al Parque Independencia.
Allí siguió la celebración. A las 20, la cancha estaba repleta y la gente ocupa los pasillos, la zona de la pileta y del camping. Entre bombas de estruendo y fuegos artificiales aparecieron los jugadores. “Apenas salí, me dejaron desnudo”, recuerda Cucurucho. La gente invadió el campo y brotaron canciones inmortales: “Ole, olé, ole, olá. La toca el Mono, la baja Magán, para que Marito la mande a guardar”.
“Carnaval, carnaval, la vuelta se la dimos en la cancha de Central”.
Hubo festejos hasta la madrugada. Los jugadores celebraron en el restaurante San Miguel –en ese entonces ubicado en la esquina de 9 de Julio y Cafferatta–, los bares se atestaron de gente y todo fue rojinegro.
Lo que siguió a aquel día bendito es el recuerdo permanente, cotidiano, inalterable. Muchos lo evocan con alegría, con creciente pasión.
Algunos no.
Nadie lo olvida en Rosario.
VideosNota publicada en el libro "DE NEWELL, HISTORIAS DE FUTBOL, PASION Y LOCURA"
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