aumenter disminuir

El papa de los sin alientos

thumb.php?url=notas/229/santamaria2.jpg&ancho=150&maxalt=150?MarcaAgua=SoyLeproso.com

El papa de los sin alientos.

Nos regaló 90 goles, 10 de ellos en los clásicos, en casi 300 partidos. ¡Trescientos partidos! Una eternidad en estos tiempos en que más de un mocoso agrandado se besa la
camiseta y al año siguiente –alentado por el intermediario– se va con el pase libre.

¿Alguien conoce mayor prueba de amor a la rojinegra que vestirla tanto tiempo, en las buenas y en las malas, pese a que Boca y River lo codiciaron, y la selección lo llamaba?

Cómo olvidar a Cucurucho Santamaría

Cómo olvidar los cortes de manga después de cada gol en el clásico. Los desbordes de una tarde del 73, contra San Martín de Tucumán, cuyo número 4 –Salinas, un morocho
petiso que después fue a Colón– salió mareado de la cancha, y el baile que le dio, ese mismo año, a un pibe llamado Tarantini, que venía con toda la prensa de su lado.

La tapa de la Goles , cuando salimos campeones en el 74 (MI MAYOR ORGULLO). Un póster con la celeste y blanca, en cuclillas, como posaban los cracks de esos días. Poco después, la venta a Francia que todos lamentamos.El retorno en el 79, después de decirle “no” al Boca de Lorenzo. Tres goles a los bosteros una tarde del 80 en que les hicimos cinco; semanas después, un golazo por arriba de la cabeza del arquero, desde 40 metros , una noche en Avellaneda en que le ganamos 5 a 0 a Independiente, y El Gráfico, siempre mezquino, laudicó y le dio 10 puntos. El Mundial del 82, cuando, tras una aparición ante El Salvador, nos regaló 26 minutos de magia frente a los brasileños. Esa tarde, Zico, Falcao y compañía nos dejaron afuera de la Copa, pero Junior la vio cuadrada, y el responsable fue un wing de los de antes, bigotudo –como sus congéneres Causio (Italia) y Caszelli (Chile) –, que se paraba con la pelota quieta entre las dos piernas, le amaga y se le iba por la punta.

Cómo olvidar cada desborde, por izquierda o por derecha. Y cada vez que se paraba frente a un tiro libre, y uno olía el gol y preparaba la garganta para gritarlo.
Y cada vez que se puso el equipo al hombre, como en aquellos clásicos de comienzos
de los 80.

Es que recordar a Cucurucho Santamaría es, ante todo, un acto de justicia con lo mejor de la tradición rojinegra, pero también una invitación a la emoción. La rica historia de Newell's sabe de muchos nombres gloriosos, pero en él se condensa talento y coraje, y por sobre todas las cosas una lealtad incondicional a la camiseta. A ver, hagamos memoria, traigan algún jugador que le dijo “no” a la Selección , a River y a Boca, para ponerse la de Newell's.

A principios del 79, Cucurucho estaba en Francia y el Toto Lorenzo lo fue a buscar para que jugara en el Boca bicampeón de América y flamante ganador de la Intercontinental.
Pero , no pudo ser. Al poco tiempo desembarcaba en Newell's.

Dos años después, terminaba el Metro 81 y algunos jugadores se iban del parque.
“¿Sabés que River te quiere comprar?”, le preguntó el periodista radial después de un partido. “Sí, pero para llevarme a mí van a tener que vender una cuantas gallinas”,  respondió Cucurucho. No hubo más preguntas. Era el River que meses después iba a ganar el Nacional de la mano de Destéfano y con Gallego y Bulleri en el medio.
Pero la rojinegra tiraba más. Y, después, la selección, a la que varias veces le dijo que no por seguir regalándonos domingos en el Parque. Hasta que lo convencieron y fue al Mundial, y lo padeció Junior. Sí, Junior.

Cucurucho, comparados con vos muchos son enanos. Y cuando pasan los años, tu figura crece como el aroma gol cuando sobre la raya final levantabas el centro.
Para el Mono, para Chirola Yazalde. Para cualquiera de los pibes que ayudaste a crecer a principios de los 80.
Y recordar a Cucurucho es evocar a un wing de los de antes, sin que esto sea nostalgia barata. La recibía corta y la dejaba muerta a cinco centímetros del pie. Amagaba con cabeza y lo que le quedaba de cintura –seamos honestos–, y el marcador quedaba parado. Y recordar a Cucucurucho es verlo amasar la pelota en el borde del área. El arquero rival que arma una barrera inútil.
Y la pelota yendo a la ratonera o al ángulo. Lejos, al gol.

Un día pateó un penal y el arquero lo atajó. Desde la popular lo cargaron, sin darse cuenta de que el referí estaba ordenando que se repitiera el tiro, porque Carnevali se había adelantado. Entonces, Cucurucho le pegó y la mandó adentro. Atrás del arco lo esperábamos para el festejo, pero él hizo un amague
y enfiló para la popular, con sus compañeros detrás –un puñado de pibes, entre ellos, el Tata, Ramos y Viglione–, se paró frente al alambrado y les hizo un corte de manga. Y otro. Y otro. No lo paraba nadie.

Fue el uno a uno de un clásico al que el cabezón Civarelli había llegado con el arco invicto, y cuando ellos se pusieron en ventaja lo gastaban gritándole: “Pobre, pobre, Civarelli lo c... otra vez”.

Pero, la Lepra tenía el ancho de espadas, el vengador Cucurucho. Y en el segundo tiempo hubo foul a más de 20 metros del arco. Se tomo un rato para ponerla en el piso, y mientras lo hacía alzó la vista. Ahí, eligió el palo.
Tomo una carrera larga y le pegó. La pelota se metió abajo, en la ratonera del arco que da al Hipódromo. Y él no buscó la platea leprosa, enfilo para la popular.
Y otra vez el corte de manga.

Como tantas veces, los empujamos de la cancha antes de los 90 minutos, mientras, todo el Parque gritaba “Pobre, pobre, Carnevali, Cucurucho lo cogioo...”.
Fue un 7 de marzo del 82. A la noche había bailes de Carnaval.
En Provincial, cada vez que se detenía la música, se escuchaba “pobre, pobre Carnevali”.

Y un día Cucurucho dejó Newell`s. Y, mirá que pasaron cracks, que se ganaron el corazón de la gente y nos dieron campeonatos. Pero como él, que querés que te diga, pocos.
Se fue en el 83. Pero jamás dejó la gloriosa rojinegra.

La lleva bajo la piel.

Por eso lo queremos tanto.

Copyright -2005 -Todos los derechos reservados - www.soyleproso.com -