Día del Padre
Fue una actitud mezquina. Lo lógico hubiese sido esperar que Newell’s cumpliera sus compromisos por
A las 15, en Rosario, los equipos se preparaban para entrar a la cancha. Como cada clásico, Bielsa transformaba el vestuario en una caldera. Sin importarle quien visitera la camiseta, los hacía correr en ese espacio reducido y sofocante y les iba poniendo fichas. “Bielsa nos gritaba: «Hay que ganar como sea, hay que aplastarlos, hay que aplastarlos»; mientras hacíamos la entrada en calor. Él se paraba en los bancos y nos alentaba. Salías a la cancha hecho una fiera”, recuerda Sergio “El Pollo” Stachiotti, que aquella tarde vistió la camiseta número seis –“Fue mi primer clásico como titular. Yo lo tomaba como si fuese el último partido”–, en ese equipo conformado en su mayoría por jugadores de reserva. Como refuerzos, entrarían el Yaya Rossi y dos héroes: Juan Manuel Llop y Christian Domizi. El Chocho había jugado el viernes y también lo haría el lunes, completando 270 minutos de fútbol en cuatro días. El Pájaro se anotaría domingo y lunes.
“Nosotros estábamos tranquilos y los pibes que querían entrar a la cancha. Otra vez íbamos como punto, porque, salvo un par de jugadores, los demás eran suplentes. Inclusive, algunos no habían jugado en primera, como el caso del Pampita Bihurret[1], el Kiti Roldán”, apunta el Pájaro y, para corroborar lo dicho por Stachiotti, observa: “La preparación de Bielsa era siempre lo mismo: no dejaba nada librado al azar. El me enseñó que los clásicos se ganan. Como sea”.
A las 15.30, en Santiago de Chile, los titulares y principales suplentes de Newell’s trataban de sintonizar el clásico. Los acompañaban Carlitos Picerni (ayudante de campo) y Valgoni (preparador físico). “Estábamos con una radio que tenía el Toto Berizzo y no enganchábamos la señal. De repente, lo logramos y escuchamos el gol del Pájaro”, cuenta Alfredo Berti; mientras que Gustavo Raggio recuerda: “Nos pusimos en el parque del hotel, con un aparato bastante sofisticado que tenía el Gringo Scoponi. Levantamos la antena y escuchamos por Radio Nacional, pero no el partido. Nos ibamos enterando por flashes”.
A las 15.45. El Pájaro metió el cabezazo histórico –que cuenta en el capítulo siguiente– en una defensa poblada por el experimentado Bauza[2], Boggio y Úbeda.
Después, fue cuestión de aguantar, más aún cuando el referí le sacó injustamente la roja a Stachiotti. “Faltaban dos minutos para que terminara el primer tiempo. En una jugada en el costado, forcejeé con Falaschi, cubrí la pelota y él se tiro. El referí me echó. No lo podía creer. En la ducha no paraba de llorar”, recuerda el Pollo, a quien siguió, en el camino al vestuario, el propio Bielsa, también expulsado. “Vimos el segundo tiempo desde la boca del túnel”, recuerda el defensor.
A pocos metros de jugador y entrenador, Bauza cruzó de atrás a Rossi y se ganó la roja. La hinchada visitante no resistió el falló del referí y forzó la suspensión del partido a poco del final.
En el Parque se desató la locura y, a más de mil kilómetros también, la radio informaba del final del partido y los titulares festejaban. “Fue determinante: ganar el clásico con los pibes chicos fue un golpe anímico para todos y para seguir en carrera en el torneo”, dice Berti.
La gente se quedó festejando por largo rato hasta que fue dejando la cancha. Junto al gimnasio calentaban los motores de algunos colectivos, la hinchada “que siempre está” se subía para cruzar la frontera y seguir a Ñuls en Chile.
Una revancha perdida
La historia inmortalizó aquella jornada como el Día del Padre y las vueltas de la vida le dieron al rival la oportunidad de tomarse revancha.
Poco más de nueve años después se invirtieron los roles. El equipo de Arroyito jugaba
El partido arrancó con un gol de Nico Pavlovich y el local empató poco después por intermedio de Pierucci. Parecía empate clavado. Pero apareció Capitán Larry. En el último minuto, Julio César Saldaña, con 34 años y después de haber trajinado todo el partido, fue a buscar la última bocha de la tarde con el entusiasmo de un pibe. Falló el defensor y le quedó servida para que la empujara a la red, frente a los simpatizantes locales.
Dicen que la vida da revanchas. Pero hay que saber aprovecharlas. Si no, la amargura es mayor.
[1] El “Pampita” falleció trágicamente en el 2000. Estaba a punto de firmar para el Deportes Quindío de Colombia y fue una de las víctimas del terremoto que sacudió a la región de Armenia de esa nación sudamericana.
[2] El defensor tuvo una tarde fatal: se fue expulsado, tras una violenta infracción a Rossi, y decidió retirarse del fútbol
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