El Glorioso 8 de Marzo
Fue el 8 de marzo de 1992. Ese día Bauza, Boggio, Bonano, Bisconti, el escribano, el racimo de Sin Alientos que despoblaba la popular y otros más quedaron en la historia. Pero no en ese lugar reservado para los ganadores, los héroes, los nobles, sino en la oscura guarida de los mezquinos, los cobardes, a los perdedores y a los fracasados crónicos.
Ya se sabe, el más popular de la ciudad jugaba
Querían pasar a la historia, romper ese invicto que sólo 10 años después rompieron Baldassi y sus secuaces disfrazados de árbitro y jueces de línea.
Querían pasar a la historia y para ello trajeron del pasado a un desocupado llamado Bauza.
Querían pasar a la historia y durante toda la semana previa se frotaban las manos y gastaban a cuenta: Bihurriet –Dios lo tenga en la gloria–, Roldán, Stacchiotti, Romero, recién asomaban a primera y no iban a ser un obstáculo para que ganaran el clásico.
Tampoco los intimidaba la maravillosa decisión de Juan Manuel Llop de decidir jugar viernes en Chile, domingo en Rosario y lunes otra vez en Chile. Por favor, estadísticos e historiadores de todo el mundo: consigan un caso igual, o lejanamente parecido.
Menos los asustó –pobrecitos– que el viernes a Domizi lo expulsaron en el partido de
Nada los asustaba y así llegaron al Parque. Pero, ya se sabe, bastó que el Loco Bielsa les hablara de lo que significa esa camiseta que se parte en un rojo que derrama sangre y en un negro que te mete miedo; de que enfrente había un puñado de fantasmas, huérfanos de alientos; de que había que honrar a los próceres del Parque. Y que había que salir a la cancha.
El resto ya se sabe, el Pájaro saltó y la clavó en el ángulo, hizo un pique corto y se beso esa camiseta. Y después se fueron cayendo a pedazos. Los ganó la impotencia y sólo pensaban en escapar por el túnel. Lo más rápido posible.
Así, sólo así puede entenderse la patada de Bauza al Yaya Rossi. Y tantas uñas nacaradas tratando de derribar un alambrado, que se despintaron en una huída ridícula, luego del primer chorro de agua que tiraron los bomberos.
Se fueron y entraron en la historia, como querían. En la historia de los perdedores.
Un día después el Patón claudicaba. La vergüenza del día anterior lo obligaba a retirarse del fútbol
Nueve años después el destino les dio una oportunidad. Por esas cosas inexplicables del fútbol –salir segundos, clasificar de pedo– estaban en
Otra vez entraban en la historia. En este caso, en el sitio reservado para los amargos.
Pero, bueno, ahora hay que festejar el 8 de marzo. Acordarse de los pibes de Bielsa, de la gloria, pero por sobre todas las cosas de una relación que nos une a esa minoría gris: la relación de padre e hijo.
Por eso, Bauza, Vesco y el puñadito que se fue, vengan a esta fiesta, que ustedes son grandes protagonistas.
Querían entrar en la historia y lo lograron.
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